27 ene. 2011

Elena

La llaman la muchacha inocente,
de mirada tranquila, color aguamarina,
con labios de seda, piel escarchada,
brazos de cobre, piernas de mimbre,
manos de cristal, nariz siliconada y,
mejillas encendidas, en una fogata de amapolas salvajes. 

Es una zagala dispar, atípica y benevolente,
con carácter de Santa, admirable serenidad,
asombrosa belleza y poseedora de inagotables habilidades,
disfrutadas por todos los habitantes, de la perdida comarca.
Pero, con sus peculiares rarezas,
dignas de una extravagante demente.

Se unta los cabellos con miel,
y se peina la indomable guedeja,
con avispas y abejas, que polinizan sus perturbadas floraciones mentales.
Se maquilla con dulces cremas pasteleras,
elaboradas por ella, al caer la noche,
que por las mañanas, sirve junto al té.
Se viste con bolsas de plástico, laminas de papel,
que adorna a su antojo, con colorido papel mache y,
bajo las temperaturas heladas, añade ovillos de lana y almejas saladas,
que cocino en el café.

Ella ríe ante un día gris, 
señalándolo con el dedo erguido,
mientras camina descalza,
sobre hilarantes cactus lechosos,
empero, llora descompuesta frente a un deslumbrante arco iris,
hasta caer congojada, en los brazos de algún buen mozo del pueblo,
que le levanta las faldas rasas y le acaricia las pelusas algodonadas.

Cuando la gente se enfada,
ella perdona,
cuando la vida le va mal,
ella sonríe, y navega, en su viejo paraguas,
hacía la muerte, pícara,
tejiendo guirnaldas de colores,
con hilo invisible,
que usa en todas las estaciones.

Y así es ella, simplemente es, Elena.

14 ene. 2011

Los sueños de un viejo marinero

En el ocaso de su vida,
el marinero aún sueña despierto,
entre los rumores de las fieras olas y los graznidos de las astutas aves,
que vuelan altas sobre los cielos,
cubriendo todo con sus plumas descoloridas.

Su único amor, una sirena,
nacida de la espuma del fulgente Mediterráneo.
El mar la parió desnuda,
y la doto con bellos cabellos de oro,
piel cálida y acogedora,
mirada profunda y llena de vida,
aroma a vainilla y canela,
y más hermosa que cualquier mujer.

La descubrió, por vez primera,
en la primavera de los cerezos.
Sentada sobre los restos de un bote,
tostando su fina piel,
bajo los rayos del sabio astro.

Se enamoró al instante,
y su vida se convirtió,
 en la continua captura,
 del más lindo anfibio,
que sus ojos vidriosos,
tendrían el placer de poder ver.

Como vil gusano,
ella se le escapo durante años,
danzando entre las olas,
como las notas de un piano,
y el marinero lloraba todas las noches,
a la luna plateada,
con impotencia y amargura,
su desdicha interminable.

Finalmente la pesco,
y, se amaron, hasta el fin de sus días,
en el atardecer de los dioses.

Pero la sirena se marcho,
en una noche de tormenta fría,
pues la mar la reclamaba,
con su suave melodía,
y el marinero la vislumbro,
zambulléndose en las negras olas,
fundiéndose con su espléndida creadora.
Con los primeros rayos de sol,
vio el cuerpo aplastado,
contra las salvajes rocas mortíferas,
de su inolvidable náyade.

Al marinero solo le quedan los recuerdos,
y el corazón marchito,
lleno de sal.